Mi experiencia con el Leuven

Hoy tocar hablar de mi experiencia con el Leuven, un restaurante-cervecería (así lo anuncian) situado en el nº4 de la calle Albia de Castro. Junto a la pista de hielo.

Llevábamos ya varias semanas queriendo ir, pero por una causa u otra (principalmente porque dista bastantes millas de nuestra zona habitual de digestiones), no pudo ser hasta el viernes pasado, 8 de noviembre.

El local en sí no tiene nada destacable. Carne de cañón para los restaurantes de barrio. Lo típico: barra, tirador de cerveza, vitrina con pinchos de saldo, zona acondicionada para mesas, tragaperras con jubilado de serie, un par de teles abonadas a todos los partidos del plus… Ni chicha ni limoná, pero dan de cenar y nos apetecía probar un sitio nuevo.

Aparecemos por ahí a eso de las 21:45. Pedimos mesa para 9 y nos la dan sin tener que esperar. De momento empieza bien la noche. Un punto positivo para la camarera. Acechamos la carta (en la línea de los dni´s plastificados) y enseguida lo tenemos claro: nos da igual mientras sea mucho. Más que otra cosa tenemos hambre.

Optamos por unos platos combinados (atrezzos de plancha con guarnición de patatas) y unos entrantes: mejillones con tomate, chorizo a la sidra y puntillas. Ya estamos babeando.

Pasan 10 minutos. Pasa un cuarto de hora. Pasan 20 minutos. Pasan 25 minutos.

– Tarda mucho, ¿no?

– No sé qué pensar, a Marco le costó menos encontrar a su madre. Igual les ha salido un Apenino en la cocina.

Empieza a cundir el pánico. A ver si aún nos quedamos sin cenar… Hay miedo. Mucho miedo. La gente se viene abajo. Alguno incluso ha empezado a autofagocitarse. Como no se den prisa, peligra su brazo izquierdo.

Afortunadamente llegan las puntillas y el chorizo a la sidra. Justo a (des)tiempo. Visto y no visto. No necesitamos ni respirar: con tragar es suficiente. Nos duran un suspiro. Es noche de plusmarcas, y los premolares tienen contra las cuerdas a Usain Bolt.

Pasa media hora. Pasan 35 minutos.

–  Creo que los venusianos han tenido que abducir al cocinero.

–  Yo diría que sí, porque a mí se me está formando un Expediente XXL en el estómago de flipar. Estoy que me como encima.

No es el único. Al del brazo izquierdo sólo le queda ya el codo. El cúbito y el radio resultan demasiado tentadores.

Pasan 40 minutos. Pasan tres cuartos de hora. Salen los mejillones. Se acaban los mejillones. Pasan 50 minutos. Pasan 55 minutos. Pasa 1 hora y por fin la camarera nos sirve los platos. Bueno, todos menos uno. Pero ya volveré a esto último, que tiene enjundia.

– Ya perdonaréis por haceros esperar, chicos, pero es que se nos “atascado” la cocina –ese es el término que utiliza.

¡¿Cómo que atascado, esto qué es?! Ni que fuese una letrina. ¿O es que los de Roca ahora se dedican a vender fogones? No entiendo nada. Coño, que freír cuatros huevos, un par de filetes y unas patatas no puede costar tanto. Y si no que se agencien un fontanero de pinche; que se busquen la vida, pero a mí que no me la cuenten.

Encima la espera no ha merecido la pena. Un desastre. Los huevos están sin cuajar: en el plato sólo hay una gelatina transparente manchada de naranja. Las patatas son de las congeladas, y gracias. Los filetes están secos. Sequísimos. Tal que macerados en el Kalahari. He visto alpargatas más jugosas. Además tienen el grosor de un sello. Parecen papel de Biblia, y la Epístola a los Corintios no compensa la falta de  magro. Menuda mierda.

Otros se encuentran peor papeleta. O directamente no la encuentran…

– Perdona, que falta mi plato.

– Ay –la camarera en pose afectada-, pues no hay más, ¿qué habías pedido?

– Un combinado número 2.

– Perdóname pero no nos hemos dado cuenta. Ha sido un error. Si me das un momento ahora te lo preparan. No nos cuesta nada.

Caras de circunstancias. Si tenemos que esperarle a cenar, nos da la primavera. Eso si aún le quedan días al calendario gregoriano. Yo, por mi parte, quiero dormir en casa: no he traído tienda de campaña y no me apetece hacer noche aquí. Por suerte no hace falta intercambiar palabras. Ha quedado claro y la respuesta es tácita: amablemente se invita a la camarera a que le busque mejor acomodo al plato en su colon. Será suficiente con que cada uno donemos al afectado un poquito del nuestro (del plato, no del colon…)

Tras el reparto, malcenamos cabizbajos lo que nos queda a cada uno. Pasa una hora y veinte. Vuelve la camarera.

– Ay, me sabe mal lo del plato –que conste que a mí el mío también-, ya perdonaréis. ¿Postre vais a querer?

Ummmm. No niego que la idea de absorber un flan con nata me atrae, y mucho, pero no es cuestión de cogerse una excedencia en el curro para saciar un capricho. En septiembre agoté todos los días libres que me quedaban, así que no puedo permitírmelo.

Mejor declino la oferta. El resto opta por lo mismo. Sólo queremos irnos de ahí. En su defecto pedimos la cuenta, pagamos sin propina y nos largamos bastante cabreados. También hambrientos. No es para menos.

Conclusión: el Leuven no es lugar para la #gente10. Por más que se empeñen, con paciencia no llena uno el buche. Así que no nos esperen más, que suficiente lo hemos hecho nosotros.

He dicho.

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

Posdata: El ser humano es extraordinario. Puedo dar fe de ello. Aun en los peores momentos siempre queda sitio para el optimismo y los optimistas. Qué sería de nosotros sin ellos.

– Esto ya sólo lo puede salvar un chocolate con churros. Vamos, ¿quién se apunta?

Iluso… Pero eso ya es otra historia. En concreto ésta… https://cazadoresdeantros.wordpress.com/2013/11/12/mi-experiencia-con-el-calenda/

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