Mi experiencia con el Bodegón El Cid

El viernes de la semana pasada inauguré mi ciclo de cenas navideñas en el Restaurante-Bodegón El Cid (ojo, no confundir con el Mesón Cid). Afortunadamente no era de empresa. Todo colegas (10, de los de toda la vida). Llevábamos moviendo el asunto más de un mes. Tras dimes, diretes y menús imposibles, nos decantamos finalmente por éste. La relación calidad/precio, a priori, nos convenció. Por 28 euros ofrecían 3 entrantes, un segundo a elegir, vino cosechero sin límites, postre, café y chupitos.

La reserva la hicimos para las 22:30, por lo que quedamos un poco antes ahí mismo (además de restaurante, cuenta con barra de bar) para echarnos unas risas y unas cañas a partes iguales. Hacía tiempo que no estábamos todos juntos y había que ponerse al día. La noche prometía, así que tampoco nos importó demasiado que nos hicieran esperar para pasar al comedor.

Una vez sentados, lo primero que llama mi atención son las deplorables cestas de pan que nos han servido. No soy el único.

– Coño, en mi rebanada hay un colmillo de mamut.

Verídico. No es necesario el Carbono 14 para darse cuenta de que lleva congelado medio Holoceno. Puede que más. Incluso huele a permafrost siberiano. A través de sucesivas deposiciones fósiles en su miga podemos asomarnos a los últimos 10.000 años de nuestra historia. Ahí están los Cromañones, las pirámides de Egipto, el Imperio Romano, el Descubrimiento de América, el 12-1 a Malta…

Mal asunto cuando en lo más barato de la carta, el pan, andan con esas miserias. Pero bueno, démosle una oportunidad, que para eso hemos venido.

Llega el primer entrante: un par de ensaladas bajo la denominación genérica de “templadas”. Un término que esconde dos de los mayores cánceres de la nueva cocina. A saber: el rulo de cabra y la reducción de vinagre de Módena (también vale la de Pedro Ximénez: tanto monta, monta tanto). Que conste que no tengo nada en su contra (de hecho me encantan), pero ya cansa la proliferación excesiva de este binomio de carcinomas. Una plaga que asola los restaurantes patrios de baja y muy baja estofa. La nueva bicoca de los antros venidos a menos.

Me explico. Algún lumbreras debió pensar (ya hace un tiempo) que cualquier plato de saldo acompañado por este tándem ganaría inmediatamente, como por arte de magia, un aura de elegancia y sofisticación. ¡Todo mentira! Nada más lejos de la realidad:

– Camarero, el revuelto de urinarios de leprosería con pomos de puerta oxidados, ¿qué más lleva?
– Rulo de cabra y reducción de vinagre de Módena.
– Ah, perfecto, sírvame entonces 7. Y otro para mi hija pequeña con tuberculosis, pero el suyo con extra de óxido. Y si puede, le agradecería que vomitase encima.

Pues eso, la ensalada, templada y poco más. Para pasar página.

Sale el segundo entrante: un par de tablas de embutido… La familia bien, gracias. De medianías crudo-curadas y crudo-adobadas prefiero no hablar. Siguiente.

Tercer y último entrante: un par de platitos de setas a la plancha. El diminutivo de plato en realidad es un eufemismo que encubre un sello de loza. Un plato absolutamente enano. Y liso, no vaya a ser que se cuele alguna seta de más. He visto monedas de céntimo con más horizonte que su vajilla. Una cosa ridícula. Las raciones, se miren como se miren, son exiguas hasta para una huelga de hambre. Si fuesen venenosas por lo menos podríamos convidarles a los de la mesa de al lado. Pero ni en eso hay suerte.

Nos retiran los platos y pedimos el segundo. En mi caso cochinillo. Como la mayoría. Dos díscolos se decantan por entrecots, uno de ellos muy hecho.

Los cochinillos no tardan en salir. Uno de los entrecots tampoco. Del otro, el muy hecho, no hay noticia. Cuando ya hemos devorado medio cerdo, aparece una choni con un plato de rabo de toro. Su delicadeza y tacto recuerdan a un supositorio de piedra pómez.

– Toma, tu rabo de toro.
– Yo he pedido entrecot.
– ¡¿Cómo que entrecot?! Rabo de toro.
– No.
– Sí.
– No, entrecot, y además muy hecho.

Vamos, ninguno somos veterinarios ni folclóricas, pero sabemos diferenciar un entrecot de un rabo de toro.

Como no le queda otra, se lo lleva de muy mala gana; eso sí, dejando claro que la culpa es nuestra por renegar de su comanda. Faltaría más.

A los 3 minutos vuelve con un entrecot “muy hecho” pero a la vez muy crudo. Voilà. Un milagro cuántico que ni el Gato de Schrödinger.

– Perdona, pero lo he pedido muy hecho. Esto parece un banco de sangre. No me gusta con tanto Rh.

Aunque protesta, se lo lleva y regresa con otro entrecot. Esta vez no es que esté muy crudo, es que directamente tiene un ataque de hemofilia.

Ésta nos está tomando por idiotas. A alguno se le está inflando el escroto como una bombona de butano. El caso es que por no liarla ni quedarse descolgado de los demás, el afectado decide comer y callar. Si el lo quiere así, que así sea. Estamos de fiesta. No hagamos mala sangre, que suficiente tenemos con la del entrecot.

Llegan los postres. Un milhojas del tamaño de un mosaico bizantino (o una baldosa de gres), pero mucho menos sabroso. Se trata de un amasijo de azúcar refinado, merengue de ébola, crema de afeitar (otras versiones dicen que pastelera) y gluten difícilmente digerible incluso para el reactor número 4 de Chernóbil. Desde la máquina de vapor, la revolución industrial no había vuelto a acordarse de la repostería. Si algún día fueron caseros, ya ha llovido desde que los desahuciaron.

Yo no logro comerme ni la mitad. Afortunadamente aún quedan tragaldabas de verdad que no permiten que sobre nada. A mi derecha tengo sentado a un auténtico triturador de cocina. La envidia de todos los fregaderos de Dakota del Norte. Hace de mi postre su causa, y en un suspiro succiona 3 metros cuadrados de milhojas. Tiene el apetito de una Rowenta. Si lo llevase, me quitaría el sombrero.

Tocan los cafés y vuelve el show-time con la camarera choni. Aparece esta vez con una libretita donde toma nota de lo que queremos cada uno. Cuando lo tiene claro, no sin antes habérselo repetido varias veces, se va a prepararlos.

¡Que si quieres arroz, Catalina! Aunque no puede haber dudas, vuelve al minuto y toma nota de nuevo. Más vale prevenir que curar, debe pensar. Pasan 5 minutos y se presenta con una bandeja con los cafés. Cuando ha servido 2 se da cuenta de que algo está mal.

– Éstos no son vuestros, son de la mesa de al lado. Ahora traigo los que me habéis pedido.

Vuelve al medio minuto.

– ¿Cuántos descafeinados de sobre eran?
– Dos

Se pira y viene su compañero.

– A ver, que hay un pequeño lío aquí. Ya os apunto yo, ¿cuántos cafés queréis?

Se repite la cantinela, toma nota y desaparece en dirección a la cocina. Pasan 3 minutos. En su lugar reaparece otra vez la choni con una bandeja de cafés. Trae la mitad.

– Perdona, pero faltan los de con leche.

Pasan 4 minutos y esta vez acierta por casualidad. Aun así quiere dejar claro de quién es la culpa.

– Es que los habéis pedido mal, y además dos veces, porque mi compañero os ha tomado nota también.

Mira, pues te vas a la puta mierda y ya si eso nos mandas una postal desde allí. ¡¿Qué culpa tengo yo si en tu familia la endogamia es una tradición?! Si tienes alguna queja, háblalo directamente con tus padres-tíos y tus abuelos-hermanos, pero a nosotros no nos la cuentes. Aprende modales y cómprate un cromosoma.

Por si fuera poco, alguna de las mesas del comedor se ha puesto a cantar villancicos a todo trapo, con el consiguiente riesgo de que el Meteosat declare al restaurante zona catastrófica. El monzón que se avecina se presume de proporciones diluvianas. Se han venido arriba y no se callan ni protestándoles con un subfusil de asalto.

El café, a todo esto, sabe a intestino de yak. Y además aguado.

Para rematar la cena (o al comensal… porque no me queda claro) nos sacan una ronda de chupitos diversos. ¿Qué puedo decir? Poco o mucho, pero todo malo.

¡Cuánto daño ha hecho el Quimicefa! Aún seguimos pagando los excesos de una generación perdida. Niños que han crecido hasta convertirse en destiladores paupérrimos. ¡¿Pero qué coño lleva esta mierda?! A ver, ¿desde cuándo el Pacharán ocupa un lugar preferente en la tabla periódica de los elementos? ¿Y el plasma de mono babuino con aroma de licor de café? ¿Acaso el orujo de hierbas es un lantánido???? Mendeleiev, ebrio de asco, aún está revolviéndose en su tumba. Pura bazofia. Al primer trago ya he escupido dos.

Ah, y el vino… que aunque no he comentado nada, queda claro que fermentó en el mismo laboratorio clandestino que los chupitos. Envejecido en barrica de tablerillo. Como purgante tiene un pase, no digo que no, pero sabe asqueroso. Sale más a cuenta chupar unas pilas alcalinas, que son menos astringentes y gastan mejor bouquet. Además las botellas las han servido descorchadas, una cosa que me pone malísimo.

Pedimos la cuenta, pagamos y nos vamos de ahí. Las ganas de fiesta no nos las quita ni la amenaza de una tercera guerra mundial.

Conclusión: este no es lugar para la #gente10. No repito ni loco. Demasiado campeador para tan poco Cid

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

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3 comentarios en “Mi experiencia con el Bodegón El Cid

  1. No he estado solo una vez en el Cid y estoy de acuerdo en que no es para #gente10, pero aunque me rio un rato con vuestras entradas, empiezo a dudar si todo lo que os pasa es culpa de los antros o también tenéis cierta culpa. Da la sensación de que cada vez que vais a un garito se olvidan de parte de la comanda o similar.
    Gafes? sibaritas? o de verdad vais buscando el antro (como reza el nombre del blog)?
    Felicidades por el blog, me están gustando mucho vuestras entradas.

    • Lo primero, enhorabuena por leer el blog y muchas gracias. Es de interés general descubrir qué establecimientos son dignos de ser pisados. ¿Sibaritas? Probablemente. ¿Gafes? Segurísimo. Es posible que sea culpa nuestra también. Es normal que se pongan nerviosos al atendernos… qué le vamos a hacer, no todo el mundo puede ser perfecto 🙂

  2. Hay que reconocer que vuestra pericia eligiendo sitios para cenar sera ampliamente recordada durante los lustros venideros. Espero que se os reconozca la impresionante labor social que cumplis. Si no es así, al menos, espero que sigais haciendonos reir con vuestras entradas. Enhorabuena a los premiados.

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