Mi experiencia con el Bodegón El Cid

El viernes de la semana pasada inauguré mi ciclo de cenas navideñas en el Restaurante-Bodegón El Cid (ojo, no confundir con el Mesón Cid). Afortunadamente no era de empresa. Todo colegas (10, de los de toda la vida). Llevábamos moviendo el asunto más de un mes. Tras dimes, diretes y menús imposibles, nos decantamos finalmente por éste. La relación calidad/precio, a priori, nos convenció. Por 28 euros ofrecían 3 entrantes, un segundo a elegir, vino cosechero sin límites, postre, café y chupitos.

La reserva la hicimos para las 22:30, por lo que quedamos un poco antes ahí mismo (además de restaurante, cuenta con barra de bar) para echarnos unas risas y unas cañas a partes iguales. Hacía tiempo que no estábamos todos juntos y había que ponerse al día. La noche prometía, así que tampoco nos importó demasiado que nos hicieran esperar para pasar al comedor.

Una vez sentados, lo primero que llama mi atención son las deplorables cestas de pan que nos han servido. No soy el único.

– Coño, en mi rebanada hay un colmillo de mamut.

Verídico. No es necesario el Carbono 14 para darse cuenta de que lleva congelado medio Holoceno. Puede que más. Incluso huele a permafrost siberiano. A través de sucesivas deposiciones fósiles en su miga podemos asomarnos a los últimos 10.000 años de nuestra historia. Ahí están los Cromañones, las pirámides de Egipto, el Imperio Romano, el Descubrimiento de América, el 12-1 a Malta…

Mal asunto cuando en lo más barato de la carta, el pan, andan con esas miserias. Pero bueno, démosle una oportunidad, que para eso hemos venido.

Llega el primer entrante: un par de ensaladas bajo la denominación genérica de “templadas”. Un término que esconde dos de los mayores cánceres de la nueva cocina. A saber: el rulo de cabra y la reducción de vinagre de Módena (también vale la de Pedro Ximénez: tanto monta, monta tanto). Que conste que no tengo nada en su contra (de hecho me encantan), pero ya cansa la proliferación excesiva de este binomio de carcinomas. Una plaga que asola los restaurantes patrios de baja y muy baja estofa. La nueva bicoca de los antros venidos a menos.

Me explico. Algún lumbreras debió pensar (ya hace un tiempo) que cualquier plato de saldo acompañado por este tándem ganaría inmediatamente, como por arte de magia, un aura de elegancia y sofisticación. ¡Todo mentira! Nada más lejos de la realidad:

– Camarero, el revuelto de urinarios de leprosería con pomos de puerta oxidados, ¿qué más lleva?
– Rulo de cabra y reducción de vinagre de Módena.
– Ah, perfecto, sírvame entonces 7. Y otro para mi hija pequeña con tuberculosis, pero el suyo con extra de óxido. Y si puede, le agradecería que vomitase encima.

Pues eso, la ensalada, templada y poco más. Para pasar página.

Sale el segundo entrante: un par de tablas de embutido… La familia bien, gracias. De medianías crudo-curadas y crudo-adobadas prefiero no hablar. Siguiente.

Tercer y último entrante: un par de platitos de setas a la plancha. El diminutivo de plato en realidad es un eufemismo que encubre un sello de loza. Un plato absolutamente enano. Y liso, no vaya a ser que se cuele alguna seta de más. He visto monedas de céntimo con más horizonte que su vajilla. Una cosa ridícula. Las raciones, se miren como se miren, son exiguas hasta para una huelga de hambre. Si fuesen venenosas por lo menos podríamos convidarles a los de la mesa de al lado. Pero ni en eso hay suerte.

Nos retiran los platos y pedimos el segundo. En mi caso cochinillo. Como la mayoría. Dos díscolos se decantan por entrecots, uno de ellos muy hecho.

Los cochinillos no tardan en salir. Uno de los entrecots tampoco. Del otro, el muy hecho, no hay noticia. Cuando ya hemos devorado medio cerdo, aparece una choni con un plato de rabo de toro. Su delicadeza y tacto recuerdan a un supositorio de piedra pómez.

– Toma, tu rabo de toro.
– Yo he pedido entrecot.
– ¡¿Cómo que entrecot?! Rabo de toro.
– No.
– Sí.
– No, entrecot, y además muy hecho.

Vamos, ninguno somos veterinarios ni folclóricas, pero sabemos diferenciar un entrecot de un rabo de toro.

Como no le queda otra, se lo lleva de muy mala gana; eso sí, dejando claro que la culpa es nuestra por renegar de su comanda. Faltaría más.

A los 3 minutos vuelve con un entrecot “muy hecho” pero a la vez muy crudo. Voilà. Un milagro cuántico que ni el Gato de Schrödinger.

– Perdona, pero lo he pedido muy hecho. Esto parece un banco de sangre. No me gusta con tanto Rh.

Aunque protesta, se lo lleva y regresa con otro entrecot. Esta vez no es que esté muy crudo, es que directamente tiene un ataque de hemofilia.

Ésta nos está tomando por idiotas. A alguno se le está inflando el escroto como una bombona de butano. El caso es que por no liarla ni quedarse descolgado de los demás, el afectado decide comer y callar. Si el lo quiere así, que así sea. Estamos de fiesta. No hagamos mala sangre, que suficiente tenemos con la del entrecot.

Llegan los postres. Un milhojas del tamaño de un mosaico bizantino (o una baldosa de gres), pero mucho menos sabroso. Se trata de un amasijo de azúcar refinado, merengue de ébola, crema de afeitar (otras versiones dicen que pastelera) y gluten difícilmente digerible incluso para el reactor número 4 de Chernóbil. Desde la máquina de vapor, la revolución industrial no había vuelto a acordarse de la repostería. Si algún día fueron caseros, ya ha llovido desde que los desahuciaron.

Yo no logro comerme ni la mitad. Afortunadamente aún quedan tragaldabas de verdad que no permiten que sobre nada. A mi derecha tengo sentado a un auténtico triturador de cocina. La envidia de todos los fregaderos de Dakota del Norte. Hace de mi postre su causa, y en un suspiro succiona 3 metros cuadrados de milhojas. Tiene el apetito de una Rowenta. Si lo llevase, me quitaría el sombrero.

Tocan los cafés y vuelve el show-time con la camarera choni. Aparece esta vez con una libretita donde toma nota de lo que queremos cada uno. Cuando lo tiene claro, no sin antes habérselo repetido varias veces, se va a prepararlos.

¡Que si quieres arroz, Catalina! Aunque no puede haber dudas, vuelve al minuto y toma nota de nuevo. Más vale prevenir que curar, debe pensar. Pasan 5 minutos y se presenta con una bandeja con los cafés. Cuando ha servido 2 se da cuenta de que algo está mal.

– Éstos no son vuestros, son de la mesa de al lado. Ahora traigo los que me habéis pedido.

Vuelve al medio minuto.

– ¿Cuántos descafeinados de sobre eran?
– Dos

Se pira y viene su compañero.

– A ver, que hay un pequeño lío aquí. Ya os apunto yo, ¿cuántos cafés queréis?

Se repite la cantinela, toma nota y desaparece en dirección a la cocina. Pasan 3 minutos. En su lugar reaparece otra vez la choni con una bandeja de cafés. Trae la mitad.

– Perdona, pero faltan los de con leche.

Pasan 4 minutos y esta vez acierta por casualidad. Aun así quiere dejar claro de quién es la culpa.

– Es que los habéis pedido mal, y además dos veces, porque mi compañero os ha tomado nota también.

Mira, pues te vas a la puta mierda y ya si eso nos mandas una postal desde allí. ¡¿Qué culpa tengo yo si en tu familia la endogamia es una tradición?! Si tienes alguna queja, háblalo directamente con tus padres-tíos y tus abuelos-hermanos, pero a nosotros no nos la cuentes. Aprende modales y cómprate un cromosoma.

Por si fuera poco, alguna de las mesas del comedor se ha puesto a cantar villancicos a todo trapo, con el consiguiente riesgo de que el Meteosat declare al restaurante zona catastrófica. El monzón que se avecina se presume de proporciones diluvianas. Se han venido arriba y no se callan ni protestándoles con un subfusil de asalto.

El café, a todo esto, sabe a intestino de yak. Y además aguado.

Para rematar la cena (o al comensal… porque no me queda claro) nos sacan una ronda de chupitos diversos. ¿Qué puedo decir? Poco o mucho, pero todo malo.

¡Cuánto daño ha hecho el Quimicefa! Aún seguimos pagando los excesos de una generación perdida. Niños que han crecido hasta convertirse en destiladores paupérrimos. ¡¿Pero qué coño lleva esta mierda?! A ver, ¿desde cuándo el Pacharán ocupa un lugar preferente en la tabla periódica de los elementos? ¿Y el plasma de mono babuino con aroma de licor de café? ¿Acaso el orujo de hierbas es un lantánido???? Mendeleiev, ebrio de asco, aún está revolviéndose en su tumba. Pura bazofia. Al primer trago ya he escupido dos.

Ah, y el vino… que aunque no he comentado nada, queda claro que fermentó en el mismo laboratorio clandestino que los chupitos. Envejecido en barrica de tablerillo. Como purgante tiene un pase, no digo que no, pero sabe asqueroso. Sale más a cuenta chupar unas pilas alcalinas, que son menos astringentes y gastan mejor bouquet. Además las botellas las han servido descorchadas, una cosa que me pone malísimo.

Pedimos la cuenta, pagamos y nos vamos de ahí. Las ganas de fiesta no nos las quita ni la amenaza de una tercera guerra mundial.

Conclusión: este no es lugar para la #gente10. No repito ni loco. Demasiado campeador para tan poco Cid

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

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Cómo reconocer un antro: indicios y certezas

  • Detalle de cerámica rococó: baldosa con inscripción “hoy hace un buen día, verás como viene alguien y lo jode”.
  • Barriles de cerveza vacíos atrezzando el baño de hombres
  • Cortinas impregnadas de aceite (cosas de tener la campana extractora colmatada con 5 cm de ácidos grasos saturados) como para freír una manada de búfalos.
  • Porra de madera con la leyenda grabada “aquí no se fía” (edición coleccionista “bares de carretera de la provincia de Cuenca”).
  • Reloj de pared de madera de Pacharán Etxeko.
  • Reclamo publicitario: “hay paella casera”. Según el ansia repostera del dueño, también tiene cabida un “hay flan casero”.
  • Banderín con la alineación del Atlético de Madrid el año del doblete; es posible que venga acompañado de una bufanda raída y descolorida que recuerde tamaña efeméride.
  • Cortina de tiras de plástico antimoscas a la entrada (DE CRACK).
  • Sillas bajas con respaldo a base de plastiquete trenzado con capacidad extraabsorbente para el sudor ajeno.
  • Mucho parroquiano con los dos primeros botones de la camisa desabrochados.
  • Saleros rellenos de granos de arroz para que “no se pegue” el contenido.
  • Un San Pancracio dirigiendo el cotarro sobre la caja registradora.
  • Cliente con zapatos de rejilla (un cláasico de la temporada primaver-verano del 76).
  • Cuchillos con el filo de una tijera de punta roma.
  • Vasos de duralex (lo mismo te sirve para servir un chato que para guardar fresca la dentadura por las noches). Muy importante: hilillo fósil de mistol resplandeciente con orgullo.
  • Conjunto de servilletero-carta_plastificada-palillero (imprescindible que los palillos no vengan envueltos y además sean de los planos: ideales para astillarse una encía o pillar el ébola por un uso inadecuado de la higiene por parte del anterior cliente).
  • Azucarillos cúbicos, nada de sobrecitos.
  • Camarero con los sobacos tomados por las Lagunas de Ruidera.
  • Vitrina para proteger los sobaos martínez de aspecto marmóreo que ofrecen sólo como desayuno.
  • Si el dueño ha leído algo sobre la nouvelle cuisine en el Marca, es posible que haya modernizado con “reducción de Pedro Ximénez” el 90% de sus platos (incluidos postres y el agua del grifo)
  • Tapete verde ochentero para las partidas de cartas.
  • Hucha en forma de cerdo para las propinas.
  • Camarero con mostacho nietzschiano y tendencia a afeitarse sobre un plato hondo.
  • Menú del día de ayer en el que “se me han acabado” o “no me quedan” los lomos de lubina. “Si acaso un poco de panga, que es parecido”.
  • Pesetas rubias y plateadas a modo de pitas y amarracos para el mus.
  • Cliente con bastón de madera acabado en dos modalidades diferentes:
    • Adorno de fantasía (pongamos como una gorguera) a base de flecos locos de cuero to´guapos.
    • Empuñadura de palanca de cambios de un SEAT 127.
  • Suelo alicatado con servilletas de papel transparente (cortesía del aceite de colza y la mayonesa de bote) hechas un ovillo.
  • Cocinera con una silueta tipo Pangea (o monocontinente) que siempre va en pantuflas.
  • Jamones colgados con esa especie de chirimbolos en forma de pirámide hueca invertida para recoger la grasa que sueltan los “ibéricos” de turno.
  • Colección de botes de cocacola vacíos con motivos de las selecciones de fútbol que participaron en el mundial de USA´94
  • Posavasos de pacharán Zoco.
  • Pastilla de jabón (nada de dispensadores) con bien de espuma reseca de la marca blanca de Heno de Pravia sobre una jabonera blanca en forma de esqueleto hueco (para que escurra) de pez.
  • Recorte de periódico regional con una reseña liliputiense y ambigua sobre el restaurante/bar en 1996.
  • Campaña de marketing agresivo: “los jueves pinta a precio de caña”.
  • Trapo húmedo para “ensuciar” la barra (también conocido como “brocha de salmonella”).
  • Pizarra para apuntar la porra del próximo clásico.
  • Cartel de toros de las fiestas de San Isidro de algún año indeterminado de la Transición.
  • Cocinero con pies-de-atleta por manos (“revuelto de hongos casero”).
  • Pegado a la caja, un calendario de mano de 2003 con una cara que en realidad es un conversor de euros a pesetas.
  • Insectocutor rebozado de varias generaciones de invertebrados; que cuenta, bien es cierto, con la inestimable ayuda de un matamoscas de plástico naranja con la forma de una mano.
  • Foto del dueño con algún famosete tipo David Bustamante o, mejor aún, David Civera.
  • Fotos de las fiestas de quintos de 1987.
  • Botella de anís del mono con el cuello petrificado por el azúcar enquistado.
  • Décimos de lotería del gordo de navidad en venta para sufragar el viaje de estudios del hijo/sobrino del dueño.
  • Aceitera con agua mineral de canilla.
  • Cartel reversible:
    • En verano: hay gazpacho fresquito.
    • En invierno: hay caldo caliente.
  • Vino de la casa “siempre descorchado”.
  • Cuenco con encurtidos (aceitunas, pepinillos, cebolletas y recortes de pimientos) flotando en un escabeche con pH próximo al sulfúrico.
  • Máquina tragaperras con taburete y prejubilado incorporados.
  • Microondas entronizado en la milla de oro de la contrabarra.
  • Panera de mimbre acumulando migas desde tiempos preconstitucionales.
  • Mantel de hule a cuadros con restos adheridos de todo el catálogo del menú.
  • Si el dueño es un aficionado a los deportes, el recuerdo autografiado de alguna leyenda noventera caída en el olvido:
    • Si lo suyo es el ciclismo, un maillot de, por ejemplo, Abraham Olano.
    • Si lo suyo es el fútbol, una elástica de Paco Buyo o Derticya.
    • Si lo suyo es el baloncesto, una camiseta de Jordi Villacampa o de los hermanos Jofresa.
  • Camarero con chalequito granate y esclava de oro de 18 kilates en la muñeca derecha
  • Rincón de la barra habilitado como revistero donde se acumulan suplementos dominicales y tomos caducados de las páginas amarillas.
  • Engañosa información temporal para prestigiar la larga tradición del local: “casa fundada en…”.
  • Cartel (en la pared que da a la calle) con el nombre del bar (normalmente “Casa+nombre de saldo”) con una foto gigante de una cocacola.
  • Verja plagada de pegatinas con los teléfonos de chapuzas disponibles las 24 horas.
  • Radiocasssette de doble pletina donde sólo se sintoniza Radio Nacional.
  • Ración de percebes-almejas-navajas “frescas” sobre lecho de lechuga iceberg del Carrefour.
  • Secador de manos con el motor de un Boeing 747; eso cuando no hay directamente una toalla de tela “granja escuela de ácaros”.
  • Huellas sebosas de dedos en los espejos de los baños.

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

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Ir a Foster’s Hollywood… y salir con hambre

Esta es una vieja historia.

Hacía tiempo que un runrún había tomado la ciudad. Un rumor que se había hecho con las calles y no las soltaba. En el trabajo no paraban de repetirlo. Doblabas la esquina y los abuelos ya no querían saber de las obras (qué mal ha hecho la crisis del ladrillo). En la radio no hablaban de otra cosa. Encendías la tele… y ahí estaba la mierda de Sálvame. No hablaban de ello.

Pero yo lo soñaba: “… … … no te puedes comer dos hamburguesas del Foster’s”. “NO TE PUEDES COMER DOS DEL FOSTER’S”. Como un mantra una y otra vez en la cabeza: “(…) no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te pue…”.

Y yo, sinceramente, me reía. ¿Qué tienen de especial como para no podérmelas comer? Me reía… y mucho. Y claro, no te puedes ir riendo siempre. No hay mandíbula ni que decoro que lo aguante. Hay situaciones que, seriedad no sé si es lo que exigen, pero al menos sí que no te rías. Un entierro, una boda, una mamografía…
Cierto es que son dos hamburguesas bien grandes… pero lo buenas que están lo compensa todo. No hay miedo, HAY QUE HACERLO.

Comerse dos hamburguesas no es una cosa que se disfrute en soledad (Onán es más bien de digestiones pesadas) así que intenté convencer a un colega. Mis amigos se apuntan a bombardeo cuando se trata de comer; así que después de muchos amagos tras varias visitas al Foster’s Hollywood, por fin le convencí para hacerlo. Lo de las hamburguesas. Era el gran día… ¡nuestro Gran Día había llegado al fin! Tamaña hazaña necesita público, aplausos, emoción y un cierto grado de admiración. En definitiva: necesita de gente ante la que fardar un poquito y que extiendan la leyenda, que si no, no te creen. Fue anunciarlo y una marea de 4 personas se apuntó a acompañarnos. Pocos, sí, pero haciendo ruido ganan por goleada a cualquier tsunami conocido. Justo la clase de groupies que necesitábamos.

Nos sentamos y llega el momento de pedir.

– Que pidan ellos primero – digo, refiriéndome al resto.

Todos piden y el camarero se dirige a nosotros.

– A ver… hoy vamos a hacer algo un poco especial. Así que por eso pedimos los últimos para que no haya líos – digo yo.
– De acuerdo… Díganme.
– Bien… pide tú – le digo a mi colega.
– Quiero 2 Director’s Choice grandes, al punto con patatas fritas – dice
– OK – responde el camarero.
– ¿Verdad que no es tan raro que te pidan 2 por persona? La gente flipa por ahí con eso… – digo yo.
– No – contesta escuetamente.
– Ya lo decía yo… bueno, yo quiero también 2 Americanas grandes al punto con patatas fritas.
– OK – responde.
– Ha quedado claro entonces que él pide 2 y yo otras 2, ¿no? – digo yo
– Sí… ningún problema – finaliza el camarero.

Pues a esperar. Ese día tenía hambre. La gusa me recomía por dentro más que de costumbre. Me ardían las calorías. Así que “el reto” no peligraba.

Llegan las viandas… hamburguesas para todos. Y por supuesto llegan las 2 Director’s Choice. La carga es grande y la camarera no puede con todo.

– Ahora viene la tuya.

El plato impresiona, así que esperamos para hacer una buena foto de las 4 hamburguesas. Nosotros no lo hacemos todos los días. Parece que otros sí. 300 segundos más y no llega mi plato (en las Termópilas esperaron menos). Total, y como lo primero es lo primero (comer caliente, por supuesto) le digo a mi compañero que empiece, que ya vendrán las mías.

Y comienza, vaya si comienza… una cae bien rápido, antes de que llegue al estómago y empieza con la segunda. Yo ya estoy devorado por dentro y me empiezo a poner nervioso.

– Ahora viene lo tuyo – me asegura una camarera, aunque lo que yo quiero son mis platos.

La ingesta continúa… ahora ya parece que cuesta… que no entra tan bien. Sufre un poco con la segunda. A mí se me empieza a ir el hambre. Esto se está estropeando. Se me acerca una camarera y me pregunta:

– ¿Qué habías pedido tú?
– 2 Americanas grandes al punto con patatas fritas – ya me lo sabía de memoria.
– De acuerdo, voy a mirar.

Finalmente mi colega termina. Le ha costado. Un poco, tampoco os vayáis a pensar. Y yo sigo sin mi plato. Todos habían terminado ya. Y yo con mi mantelito huérfano de hamburguesas. Bueno… todavía podría comérmelas. Será por hueco.

– ¿Falta mucho? – le pregunto a una camarera que pasaba.
– ¿Qué has pedido? – me pregunta ella.
– 2 Americanas grandes al punto con patatas fritas – no se me había olvidado.
– Un momento, que lo miro – dice.

“Lo miro”… y nada. Porque pasan 10 minutos y nada. En ese momento la mala hostia ya me había llenado el estómago y la digestión no tenía pinta de ser ligera.

– Perdona, no me traigáis nada ya… no pienso cenar – le comento a una camarera que pasaba.
– ¿Qué has pedido? – de nuevo…
– 2 Americanas grandes al punto con patatas fritas, pero ya no las traigas.
– Un momento…

Un momento (largo)… y aparecen 2 hamburguesas. 2 que no había pedido. Yo creo que no eran grandes (el tamaño que yo había pedido) y encima llevaban queso. ¡QUESO! Cuándo es de sobra conocido la verdadera aversión que tengo yo por el queso.

– Toma – dice la camarera.
– No, no… llévatelas. Ya te he dicho que no iba a cenar ya. Y además no son las que he pedido… llevan queso.
– Un momento que te lo quito… – dice
– No, no – insisto.

Bueno, pues se lo lleva y vuelve.

– Toma.
– Que te he dicho que NO. Además yo no puedo tomar queso por mucho que se lo hayas quitado. Que no.

Y se las lleva. Ya está… zanjado… al menos no me voy a llevar un mal rato. Me han jodido con lo del reto del Foster’s.

Pero no… hay más. Aparece la encargada. Hemos ido muchas veces y nunca la habíamos visto. Pues existe.

– Hola señor. Siento mucho el error. Si lo puedo subsanar – comenta.
– Hola. No, la verdad… ya han terminado todos de cenar… y a mi ahora ya no me apetece – respondo; en realidad sí me apetece, qué coño, pero para cojones los míos: que no me toreen.
– Mira, es que tenemos un cocinero nuevo y se han hecho un lío con la comanda. Como aparecían más hamburguesas que personas, se ha hecho un lío.

¡UN MOMENTO! ¿Entonces es verdad que no es tan común lo de las 2 hamburguesas por estómago? ¡HOSTIAS! Pues al final sí que esto tiene valor. Y eso que el camarero decía que sí, que era normal… ¡HOSTIAS! A ver si el camarero NO SE HA ENTERADO DE ABSOLUTAMENTE NADA… ¡HOSTIAS! ¿De nuevo estrenando cocinero en otro sitio? Estrenamos más cocineros que pantanos el Régimen. No, si al final hasta me van a poner a dieta.

– Ya pero… – intento decir yo.
– Mira, hacemos una cosa… yo te traigo un costillar que no me cuesta nada y cenas – propone ella.

¡OJO! Es el plato más caro de la carta y además había ganas de probarlo desde hace tiempo… ¿qué hago?

– No, no, no…

¿HE DICHO NO? ¿¡¿¡¿Pero qué coño me pasa?!?!?

– … mira, hoy habíamos venido a hacer algo especial. Él se comía 2 grandes y yo otras 2 grandes. Y no ha podido ser. Teníamos mucha ilusión con esto, llevábamos mucho tiempo queriendo hacerlo, pero finalmente no hemos podido.

Parece menterio que haya sido tan lapidario… pero estaba bien jodido.

– Lo siento mucho, de verdad – dice ella con la cabeza baja y la vergüenza en las antípodas.
– Bueno, no pasa nada. Otra vez será – corrijo yo, con un tono mucho más amable.
– Si te puedo invitar a algo… – ofrece ella.
– Bueno, pues a lo que me estoy bebiendo ya que lo había pedido… – digo yo.
– De acuerdo y de nuevo, lo siento – termina la encargada.

Nos sacaron la cuenta, invitaron a unos cafés, pagamos y nos fuimos. Con un sabor agrio y algunos un poco empachados. Nos tomamos algo en un bar y terminé cenando en La Bocatería de Guille “un-salchicha-bacon”. Todo un clásico también de otras noches amargas de nocturnas salidas. Me costó, porque el bocadillo acabó nadando en frustración: a mis jugos gástricos a veces les da por la tragicomedia.

El reto hasta hoy está maldito. Tampoco tendría mucho sentido intentarlo. Ya estaba visto: se puede. Es como decirle a Sergei Bubka: “¡eh Sergei!, ¿a qué no saltas ese bordillo?” Absurdo.

Algo de razón tienen los sabios cuando dicen: “NO TE PUEDES COMER DOS DEL FOSTER’S”.

Advertencia: LAMENTABLEMENTE Foster’s Hollywood ha cerrado. Habíamos vuelto muchas veces más a Foster’s Hollywood. Era un sitio muy del gusto de la Gula insaciable y de las cosas bien hechas. Esto sólo fue un hecho aislado. Deseando una pronta reapertura en la cercanía geográfica guardaremos 2 horas de digestión por tan desafortunada pérdida.

Firmado: Lawrence Sarabia y El Subcomandante Farnsworth.

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Comiendo en Las Tejas

Los retos son para los valientes. Al menos eso dicen. Sea cierto o no, yo también pienso lo mismo. Por eso prefiero ir a tiro hecho. Paso de complicarme. Riesgos los justos… y los experimentos con gaseosa. Incluidos los de la cocina, donde últimamente veo mucha tontería. Demasiada. Un porrón. No entiendo a dónde nos quieren llevar. A este paso van a acabar exigiendo 6 meses de prácticas en el CERN sólo para poder encender la vitro. Se les ha ido la olla (por no decir el 99% del menaje) y ya huele. Nitrógeno líquido, reducciones, flavorización, maridajes imposibles, cocción a baja temperatura… Que conste que no tengo nada en contra de los platos rococó y minimalistas del Bullí (en todo caso hambre), pero personalmente me quedo antes con una tasca de las de toda la vida, donde antes que una estrella michelín, te sirven un par de huevos fritos flotando en un mar de triglicéridos.

Canela fina para las arterias. Terrorismo mediterráneo contra la dieta. Sí, lo que ellos quieran, pero a mí me encantan. Las nanomierdas, por muy deconstruidas que vengan, no van conmigo. Porque una cosa os voy a decir: cuando se trata de comer, y además bien, yo siempre me muevo en la escala de los quintales métricos. Liliput para los liliputienses. Las raciones con la talla de un paramecio me tapian directamente el píloro. Yo lo que quiero es comer de verdad, ¿tan difícil es?

Normal entonces que le tenga tanto cariño al bodegón Las Tejas (Calle de Saturnino Ulargui, 8), el garito del que toca hablar hoy. Un antro sin concesiones a la sofisticación. Como a mí me gusta. Porque, seamos sinceros, Las Tejas es a la nouvelle cuisine lo que el ladrillo caravista al gótico flamígero. A castizo sólo le gana la bota y el corquete. Adelante pues con él…

El local es un homenaje barroco a tiempos pretéritos. Caducos. Probablemente preconstitucionales. Me estoy refiriendo a los de La Pepa, por supuesto. Un endemismo más propio de calendarios pasados. Letrero luminoso preconstitucional. Mesas preconstitucionales. Barra preconstitucional. Taburetes preconstitucionales. Cartas preconstitucionales. TDT preconstitucional. San Pancracio preconstitucional… ¿Todo preconstitucional? Claro que no, el baño es la excepción que confirma la regla: en su caso es inconstitucional. Pero para gustos ya están los colores. Así, donde los maledicentes ven falta de higiene, los entusiastas del bífidus encuentran la forma de ahorrarse unos yogures.

Y si no, oye, que no pasa nada, más oligoelementos; y encima gratis. No nos vamos a poner ahora tiquismiquis. Se come uno sus escrúpulos y así no pide postre. Que además tampoco es que sea necesario. Un plato combinado resulta más que suficiente. Independientemente del saque que tenga cada uno, irá bien servido (os lo dice alguien a quien le ha salido un codo de tenista en el estómago…). La variedad es limitada, pero no defrauda en ningún caso. El lomo, los filetes, las chuletas, el huevo y las patatas, así como las posibles combinaciones entre ellos, forman el esqueleto del menú. Como se ve, las vitaminas están de más. Igual que cualquier recomendación de la O.M.S. (e incluso de la O.T.I. y la U.E.F.A.). Los bocadillos de embutido y la casquería completan la carta. No hay sitio para las florituras. Eso sí, todo casero y muy bueno, que no se diga. Ah, y generosos con las medidas. Nada de racanerías.

Vayamos con el factor humano… Regentan Las Tejas Ana (por tal la tienen los parroquianos) y un señor de bigote. Este último presumo que es su marido o un guardia civil de paisano. Está un poco gordo (así como un Tejero pasado de forma), pero es buena gente. Los dos. Nobles y campechanos en el trato y las distancias cortas. No son los reyes del mambo pero se agradece su cercanía (aunque sin tocar, eh). Cualidad ésta que no es tan fácil de encontrar. A poco que hayáis salido, os habréis dado cuenta de que la hostelería moderna está llena de rencorosos sin carné de manipulador.

Los precios están a la altura de la calidad. Bajo mi punto de vista, una excelente relación. Platos asequibles para todos los bolsillos sin tener que poner a prueba la elasticidad de la cartera. No te vas a llevar ninguna sorpresa con la cuenta, si acaso alguna agradable. Y con un poco de suerte hasta te cae una pedrea.

Conclusión: aun con sus sombras, que son muchas, las luces compensan cualquier reticencia que se pueda tener. Definitivamente Las Tejas sí es para la #gente10.

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

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Mi experiencia con el Leuven

Hoy tocar hablar de mi experiencia con el Leuven, un restaurante-cervecería (así lo anuncian) situado en el nº4 de la calle Albia de Castro. Junto a la pista de hielo.

Llevábamos ya varias semanas queriendo ir, pero por una causa u otra (principalmente porque dista bastantes millas de nuestra zona habitual de digestiones), no pudo ser hasta el viernes pasado, 8 de noviembre.

El local en sí no tiene nada destacable. Carne de cañón para los restaurantes de barrio. Lo típico: barra, tirador de cerveza, vitrina con pinchos de saldo, zona acondicionada para mesas, tragaperras con jubilado de serie, un par de teles abonadas a todos los partidos del plus… Ni chicha ni limoná, pero dan de cenar y nos apetecía probar un sitio nuevo.

Aparecemos por ahí a eso de las 21:45. Pedimos mesa para 9 y nos la dan sin tener que esperar. De momento empieza bien la noche. Un punto positivo para la camarera. Acechamos la carta (en la línea de los dni´s plastificados) y enseguida lo tenemos claro: nos da igual mientras sea mucho. Más que otra cosa tenemos hambre.

Optamos por unos platos combinados (atrezzos de plancha con guarnición de patatas) y unos entrantes: mejillones con tomate, chorizo a la sidra y puntillas. Ya estamos babeando.

Pasan 10 minutos. Pasa un cuarto de hora. Pasan 20 minutos. Pasan 25 minutos.

– Tarda mucho, ¿no?

– No sé qué pensar, a Marco le costó menos encontrar a su madre. Igual les ha salido un Apenino en la cocina.

Empieza a cundir el pánico. A ver si aún nos quedamos sin cenar… Hay miedo. Mucho miedo. La gente se viene abajo. Alguno incluso ha empezado a autofagocitarse. Como no se den prisa, peligra su brazo izquierdo.

Afortunadamente llegan las puntillas y el chorizo a la sidra. Justo a (des)tiempo. Visto y no visto. No necesitamos ni respirar: con tragar es suficiente. Nos duran un suspiro. Es noche de plusmarcas, y los premolares tienen contra las cuerdas a Usain Bolt.

Pasa media hora. Pasan 35 minutos.

–  Creo que los venusianos han tenido que abducir al cocinero.

–  Yo diría que sí, porque a mí se me está formando un Expediente XXL en el estómago de flipar. Estoy que me como encima.

No es el único. Al del brazo izquierdo sólo le queda ya el codo. El cúbito y el radio resultan demasiado tentadores.

Pasan 40 minutos. Pasan tres cuartos de hora. Salen los mejillones. Se acaban los mejillones. Pasan 50 minutos. Pasan 55 minutos. Pasa 1 hora y por fin la camarera nos sirve los platos. Bueno, todos menos uno. Pero ya volveré a esto último, que tiene enjundia.

– Ya perdonaréis por haceros esperar, chicos, pero es que se nos “atascado” la cocina –ese es el término que utiliza.

¡¿Cómo que atascado, esto qué es?! Ni que fuese una letrina. ¿O es que los de Roca ahora se dedican a vender fogones? No entiendo nada. Coño, que freír cuatros huevos, un par de filetes y unas patatas no puede costar tanto. Y si no que se agencien un fontanero de pinche; que se busquen la vida, pero a mí que no me la cuenten.

Encima la espera no ha merecido la pena. Un desastre. Los huevos están sin cuajar: en el plato sólo hay una gelatina transparente manchada de naranja. Las patatas son de las congeladas, y gracias. Los filetes están secos. Sequísimos. Tal que macerados en el Kalahari. He visto alpargatas más jugosas. Además tienen el grosor de un sello. Parecen papel de Biblia, y la Epístola a los Corintios no compensa la falta de  magro. Menuda mierda.

Otros se encuentran peor papeleta. O directamente no la encuentran…

– Perdona, que falta mi plato.

– Ay –la camarera en pose afectada-, pues no hay más, ¿qué habías pedido?

– Un combinado número 2.

– Perdóname pero no nos hemos dado cuenta. Ha sido un error. Si me das un momento ahora te lo preparan. No nos cuesta nada.

Caras de circunstancias. Si tenemos que esperarle a cenar, nos da la primavera. Eso si aún le quedan días al calendario gregoriano. Yo, por mi parte, quiero dormir en casa: no he traído tienda de campaña y no me apetece hacer noche aquí. Por suerte no hace falta intercambiar palabras. Ha quedado claro y la respuesta es tácita: amablemente se invita a la camarera a que le busque mejor acomodo al plato en su colon. Será suficiente con que cada uno donemos al afectado un poquito del nuestro (del plato, no del colon…)

Tras el reparto, malcenamos cabizbajos lo que nos queda a cada uno. Pasa una hora y veinte. Vuelve la camarera.

– Ay, me sabe mal lo del plato –que conste que a mí el mío también-, ya perdonaréis. ¿Postre vais a querer?

Ummmm. No niego que la idea de absorber un flan con nata me atrae, y mucho, pero no es cuestión de cogerse una excedencia en el curro para saciar un capricho. En septiembre agoté todos los días libres que me quedaban, así que no puedo permitírmelo.

Mejor declino la oferta. El resto opta por lo mismo. Sólo queremos irnos de ahí. En su defecto pedimos la cuenta, pagamos sin propina y nos largamos bastante cabreados. También hambrientos. No es para menos.

Conclusión: el Leuven no es lugar para la #gente10. Por más que se empeñen, con paciencia no llena uno el buche. Así que no nos esperen más, que suficiente lo hemos hecho nosotros.

He dicho.

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

Posdata: El ser humano es extraordinario. Puedo dar fe de ello. Aun en los peores momentos siempre queda sitio para el optimismo y los optimistas. Qué sería de nosotros sin ellos.

– Esto ya sólo lo puede salvar un chocolate con churros. Vamos, ¿quién se apunta?

Iluso… Pero eso ya es otra historia. En concreto ésta… https://cazadoresdeantros.wordpress.com/2013/11/12/mi-experiencia-con-el-calenda/

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Mi experiencia con el Calenda

Os pongo en situación. Viernes noche. Acabamos de cenar (mal, pero eso ya es otra historia) y se nos antoja un chocolate con churros. Así, a lo loco. Llámese capricho. Llámese en todo caso gula. Hay que tener en cuenta que nuestro apetito siempre se guarda un fondo famélico para estas contingencias. Los entendidos hablan de “estómago del postre”. No seré yo quien les lleve la contraria. A mí me sobran dos.

El caso es que después de recorrer varias chocolaterías con infructuoso resultado (el invierno acecha, y las 23:45 en noviembre no invita a que sigan abiertas…), nos topamos con el Calenda (Calle Portales). Un garito que lo mismo te sirve desayunos que cenas o copas. Estilo modernista. Muy art nouveau. Ornato del todo a cien y bohemia de baja intensidad. Pero tienen chocolate con  churros, que es de lo que se trata. Qué más podemos pedir…

Tomamos asiento y nos cogen nota: 5 chocolates, un café con leche y media docena de raciones de churros. Cero miserias. Mejor que sobre a que falte.

En 5 minutos ya nos los están sirviendo en mesa. La bandeja es recibida entre sonrisas cómplices a la par que mórbidas. No es para menos: las raciones son generosas y hay hambre.

Mierda, ¿por qué dura tan poco la alegría en la casa del pobre? Sin tiempo siquiera para pontificar un que aproveche, salta la alarma.

– “Estos churros huelen a pescado que echan para atrás. O a calamar frito. No hay quien se los coma.”

En efecto, un quórum de pituitarias corrobora que tienen más omega 3 que un banco de caballa.

– “Yo paso, que se los tome Rita.”

Ella no lo sé, pero para el esófago de alguno ha sido demasiado tarde. Les ha podido el ansia. Ande o no ande (nade, más bien…), siempre bocado grande.

– “Bueno, es que tampoco está tan mal… el chocolate lo disimula… casi ni se nota.”

Claro, eso debió pensar Ahab cuando se quedó sin pierna. Ahora que lo pienso, me pregunto si será cosa de la justicia poética el que nos hayan servido un pedacito frito de Moby Dick. Sin duda alguna, no. Sólo es fruto de la tacañería y el hijoputismo. Así es (y somos) la gente.

Por más que la glotonería llama a mi puerta, no me atrevo a probarlos. Esa clase de experimentos mejor se los dejo a Cousteau, que de esto sabe más. Para digestiones pesadas prefiero otro tipo de leviatanes, aunque me salgan más caros.

Con un cabreo más que evidente requerimos la presencia del camarero y le hacemos notar que los churros atufan a algún tipo de fauna marina sin determinar (taxón arriba, taxón abajo, seguimos con la duda del pescado o los calamares). Carajo, ¿pero a quién se le ocurre freírlos con redes de arrastre? Hay que ser subnormal. Si se enteran los del Rainbow Warrior, clausuran el local por saltarse cuantos tratados existan sobre la pesca de los grandes cetáceos. Y además merecidamente.

– “Pues en la cocina me dicen que no creen haberlos hecho en aceite de pescado.”

Me importa una mierda lo que crea el Capitán Pescanova. ¿Es que soy tonto o qué? Resulta evidente que nos la han querido meter doblada (y además con puntillas). Supongo que no tendrían más aceite que el que les ha sobrado de la cena, y se han pensado que no nos íbamos a dar cuenta. O las han mezclado sin importar el resultado. Si cuela, cuela, y si no se la pela.

Lo que más me fastidia es que nos tomen por idiotas. Y por ahí sí que no.

Joder, es que saltaba a la vista (y más a la napia) que eso apestaba a pescado. Manda cojones que te lo nieguen delante de ti. Hostia, que en esa freidora perfectamente podría hacer escala la Copa del América. Bueno, eso si se lo permite el Kraken que habita en las profundidades de su resistencia eléctrica.

Por supuesto nos fuimos en ayunas aunque sin pagarlos. Dicho todo esto, ¿recomendaría a alguien los churros del Calenda (y en general cualquier cosa de su carta)? Sí, pero siempre y cuando su intención sea la de regalar una caja de supositorios defectuosos a su peor enemigo.

El Calenda definitivamente no es lugar para #gente10.

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

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