Comiendo en Las Tejas

Los retos son para los valientes. Al menos eso dicen. Sea cierto o no, yo también pienso lo mismo. Por eso prefiero ir a tiro hecho. Paso de complicarme. Riesgos los justos… y los experimentos con gaseosa. Incluidos los de la cocina, donde últimamente veo mucha tontería. Demasiada. Un porrón. No entiendo a dónde nos quieren llevar. A este paso van a acabar exigiendo 6 meses de prácticas en el CERN sólo para poder encender la vitro. Se les ha ido la olla (por no decir el 99% del menaje) y ya huele. Nitrógeno líquido, reducciones, flavorización, maridajes imposibles, cocción a baja temperatura… Que conste que no tengo nada en contra de los platos rococó y minimalistas del Bullí (en todo caso hambre), pero personalmente me quedo antes con una tasca de las de toda la vida, donde antes que una estrella michelín, te sirven un par de huevos fritos flotando en un mar de triglicéridos.

Canela fina para las arterias. Terrorismo mediterráneo contra la dieta. Sí, lo que ellos quieran, pero a mí me encantan. Las nanomierdas, por muy deconstruidas que vengan, no van conmigo. Porque una cosa os voy a decir: cuando se trata de comer, y además bien, yo siempre me muevo en la escala de los quintales métricos. Liliput para los liliputienses. Las raciones con la talla de un paramecio me tapian directamente el píloro. Yo lo que quiero es comer de verdad, ¿tan difícil es?

Normal entonces que le tenga tanto cariño al bodegón Las Tejas (Calle de Saturnino Ulargui, 8), el garito del que toca hablar hoy. Un antro sin concesiones a la sofisticación. Como a mí me gusta. Porque, seamos sinceros, Las Tejas es a la nouvelle cuisine lo que el ladrillo caravista al gótico flamígero. A castizo sólo le gana la bota y el corquete. Adelante pues con él…

El local es un homenaje barroco a tiempos pretéritos. Caducos. Probablemente preconstitucionales. Me estoy refiriendo a los de La Pepa, por supuesto. Un endemismo más propio de calendarios pasados. Letrero luminoso preconstitucional. Mesas preconstitucionales. Barra preconstitucional. Taburetes preconstitucionales. Cartas preconstitucionales. TDT preconstitucional. San Pancracio preconstitucional… ¿Todo preconstitucional? Claro que no, el baño es la excepción que confirma la regla: en su caso es inconstitucional. Pero para gustos ya están los colores. Así, donde los maledicentes ven falta de higiene, los entusiastas del bífidus encuentran la forma de ahorrarse unos yogures.

Y si no, oye, que no pasa nada, más oligoelementos; y encima gratis. No nos vamos a poner ahora tiquismiquis. Se come uno sus escrúpulos y así no pide postre. Que además tampoco es que sea necesario. Un plato combinado resulta más que suficiente. Independientemente del saque que tenga cada uno, irá bien servido (os lo dice alguien a quien le ha salido un codo de tenista en el estómago…). La variedad es limitada, pero no defrauda en ningún caso. El lomo, los filetes, las chuletas, el huevo y las patatas, así como las posibles combinaciones entre ellos, forman el esqueleto del menú. Como se ve, las vitaminas están de más. Igual que cualquier recomendación de la O.M.S. (e incluso de la O.T.I. y la U.E.F.A.). Los bocadillos de embutido y la casquería completan la carta. No hay sitio para las florituras. Eso sí, todo casero y muy bueno, que no se diga. Ah, y generosos con las medidas. Nada de racanerías.

Vayamos con el factor humano… Regentan Las Tejas Ana (por tal la tienen los parroquianos) y un señor de bigote. Este último presumo que es su marido o un guardia civil de paisano. Está un poco gordo (así como un Tejero pasado de forma), pero es buena gente. Los dos. Nobles y campechanos en el trato y las distancias cortas. No son los reyes del mambo pero se agradece su cercanía (aunque sin tocar, eh). Cualidad ésta que no es tan fácil de encontrar. A poco que hayáis salido, os habréis dado cuenta de que la hostelería moderna está llena de rencorosos sin carné de manipulador.

Los precios están a la altura de la calidad. Bajo mi punto de vista, una excelente relación. Platos asequibles para todos los bolsillos sin tener que poner a prueba la elasticidad de la cartera. No te vas a llevar ninguna sorpresa con la cuenta, si acaso alguna agradable. Y con un poco de suerte hasta te cae una pedrea.

Conclusión: aun con sus sombras, que son muchas, las luces compensan cualquier reticencia que se pueda tener. Definitivamente Las Tejas sí es para la #gente10.

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

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Mi experiencia con el Leuven

Hoy tocar hablar de mi experiencia con el Leuven, un restaurante-cervecería (así lo anuncian) situado en el nº4 de la calle Albia de Castro. Junto a la pista de hielo.

Llevábamos ya varias semanas queriendo ir, pero por una causa u otra (principalmente porque dista bastantes millas de nuestra zona habitual de digestiones), no pudo ser hasta el viernes pasado, 8 de noviembre.

El local en sí no tiene nada destacable. Carne de cañón para los restaurantes de barrio. Lo típico: barra, tirador de cerveza, vitrina con pinchos de saldo, zona acondicionada para mesas, tragaperras con jubilado de serie, un par de teles abonadas a todos los partidos del plus… Ni chicha ni limoná, pero dan de cenar y nos apetecía probar un sitio nuevo.

Aparecemos por ahí a eso de las 21:45. Pedimos mesa para 9 y nos la dan sin tener que esperar. De momento empieza bien la noche. Un punto positivo para la camarera. Acechamos la carta (en la línea de los dni´s plastificados) y enseguida lo tenemos claro: nos da igual mientras sea mucho. Más que otra cosa tenemos hambre.

Optamos por unos platos combinados (atrezzos de plancha con guarnición de patatas) y unos entrantes: mejillones con tomate, chorizo a la sidra y puntillas. Ya estamos babeando.

Pasan 10 minutos. Pasa un cuarto de hora. Pasan 20 minutos. Pasan 25 minutos.

– Tarda mucho, ¿no?

– No sé qué pensar, a Marco le costó menos encontrar a su madre. Igual les ha salido un Apenino en la cocina.

Empieza a cundir el pánico. A ver si aún nos quedamos sin cenar… Hay miedo. Mucho miedo. La gente se viene abajo. Alguno incluso ha empezado a autofagocitarse. Como no se den prisa, peligra su brazo izquierdo.

Afortunadamente llegan las puntillas y el chorizo a la sidra. Justo a (des)tiempo. Visto y no visto. No necesitamos ni respirar: con tragar es suficiente. Nos duran un suspiro. Es noche de plusmarcas, y los premolares tienen contra las cuerdas a Usain Bolt.

Pasa media hora. Pasan 35 minutos.

–  Creo que los venusianos han tenido que abducir al cocinero.

–  Yo diría que sí, porque a mí se me está formando un Expediente XXL en el estómago de flipar. Estoy que me como encima.

No es el único. Al del brazo izquierdo sólo le queda ya el codo. El cúbito y el radio resultan demasiado tentadores.

Pasan 40 minutos. Pasan tres cuartos de hora. Salen los mejillones. Se acaban los mejillones. Pasan 50 minutos. Pasan 55 minutos. Pasa 1 hora y por fin la camarera nos sirve los platos. Bueno, todos menos uno. Pero ya volveré a esto último, que tiene enjundia.

– Ya perdonaréis por haceros esperar, chicos, pero es que se nos “atascado” la cocina –ese es el término que utiliza.

¡¿Cómo que atascado, esto qué es?! Ni que fuese una letrina. ¿O es que los de Roca ahora se dedican a vender fogones? No entiendo nada. Coño, que freír cuatros huevos, un par de filetes y unas patatas no puede costar tanto. Y si no que se agencien un fontanero de pinche; que se busquen la vida, pero a mí que no me la cuenten.

Encima la espera no ha merecido la pena. Un desastre. Los huevos están sin cuajar: en el plato sólo hay una gelatina transparente manchada de naranja. Las patatas son de las congeladas, y gracias. Los filetes están secos. Sequísimos. Tal que macerados en el Kalahari. He visto alpargatas más jugosas. Además tienen el grosor de un sello. Parecen papel de Biblia, y la Epístola a los Corintios no compensa la falta de  magro. Menuda mierda.

Otros se encuentran peor papeleta. O directamente no la encuentran…

– Perdona, que falta mi plato.

– Ay –la camarera en pose afectada-, pues no hay más, ¿qué habías pedido?

– Un combinado número 2.

– Perdóname pero no nos hemos dado cuenta. Ha sido un error. Si me das un momento ahora te lo preparan. No nos cuesta nada.

Caras de circunstancias. Si tenemos que esperarle a cenar, nos da la primavera. Eso si aún le quedan días al calendario gregoriano. Yo, por mi parte, quiero dormir en casa: no he traído tienda de campaña y no me apetece hacer noche aquí. Por suerte no hace falta intercambiar palabras. Ha quedado claro y la respuesta es tácita: amablemente se invita a la camarera a que le busque mejor acomodo al plato en su colon. Será suficiente con que cada uno donemos al afectado un poquito del nuestro (del plato, no del colon…)

Tras el reparto, malcenamos cabizbajos lo que nos queda a cada uno. Pasa una hora y veinte. Vuelve la camarera.

– Ay, me sabe mal lo del plato –que conste que a mí el mío también-, ya perdonaréis. ¿Postre vais a querer?

Ummmm. No niego que la idea de absorber un flan con nata me atrae, y mucho, pero no es cuestión de cogerse una excedencia en el curro para saciar un capricho. En septiembre agoté todos los días libres que me quedaban, así que no puedo permitírmelo.

Mejor declino la oferta. El resto opta por lo mismo. Sólo queremos irnos de ahí. En su defecto pedimos la cuenta, pagamos sin propina y nos largamos bastante cabreados. También hambrientos. No es para menos.

Conclusión: el Leuven no es lugar para la #gente10. Por más que se empeñen, con paciencia no llena uno el buche. Así que no nos esperen más, que suficiente lo hemos hecho nosotros.

He dicho.

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

Posdata: El ser humano es extraordinario. Puedo dar fe de ello. Aun en los peores momentos siempre queda sitio para el optimismo y los optimistas. Qué sería de nosotros sin ellos.

– Esto ya sólo lo puede salvar un chocolate con churros. Vamos, ¿quién se apunta?

Iluso… Pero eso ya es otra historia. En concreto ésta… https://cazadoresdeantros.wordpress.com/2013/11/12/mi-experiencia-con-el-calenda/

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