Mi experiencia con el Calenda

Os pongo en situación. Viernes noche. Acabamos de cenar (mal, pero eso ya es otra historia) y se nos antoja un chocolate con churros. Así, a lo loco. Llámese capricho. Llámese en todo caso gula. Hay que tener en cuenta que nuestro apetito siempre se guarda un fondo famélico para estas contingencias. Los entendidos hablan de “estómago del postre”. No seré yo quien les lleve la contraria. A mí me sobran dos.

El caso es que después de recorrer varias chocolaterías con infructuoso resultado (el invierno acecha, y las 23:45 en noviembre no invita a que sigan abiertas…), nos topamos con el Calenda (Calle Portales). Un garito que lo mismo te sirve desayunos que cenas o copas. Estilo modernista. Muy art nouveau. Ornato del todo a cien y bohemia de baja intensidad. Pero tienen chocolate con  churros, que es de lo que se trata. Qué más podemos pedir…

Tomamos asiento y nos cogen nota: 5 chocolates, un café con leche y media docena de raciones de churros. Cero miserias. Mejor que sobre a que falte.

En 5 minutos ya nos los están sirviendo en mesa. La bandeja es recibida entre sonrisas cómplices a la par que mórbidas. No es para menos: las raciones son generosas y hay hambre.

Mierda, ¿por qué dura tan poco la alegría en la casa del pobre? Sin tiempo siquiera para pontificar un que aproveche, salta la alarma.

– “Estos churros huelen a pescado que echan para atrás. O a calamar frito. No hay quien se los coma.”

En efecto, un quórum de pituitarias corrobora que tienen más omega 3 que un banco de caballa.

– “Yo paso, que se los tome Rita.”

Ella no lo sé, pero para el esófago de alguno ha sido demasiado tarde. Les ha podido el ansia. Ande o no ande (nade, más bien…), siempre bocado grande.

– “Bueno, es que tampoco está tan mal… el chocolate lo disimula… casi ni se nota.”

Claro, eso debió pensar Ahab cuando se quedó sin pierna. Ahora que lo pienso, me pregunto si será cosa de la justicia poética el que nos hayan servido un pedacito frito de Moby Dick. Sin duda alguna, no. Sólo es fruto de la tacañería y el hijoputismo. Así es (y somos) la gente.

Por más que la glotonería llama a mi puerta, no me atrevo a probarlos. Esa clase de experimentos mejor se los dejo a Cousteau, que de esto sabe más. Para digestiones pesadas prefiero otro tipo de leviatanes, aunque me salgan más caros.

Con un cabreo más que evidente requerimos la presencia del camarero y le hacemos notar que los churros atufan a algún tipo de fauna marina sin determinar (taxón arriba, taxón abajo, seguimos con la duda del pescado o los calamares). Carajo, ¿pero a quién se le ocurre freírlos con redes de arrastre? Hay que ser subnormal. Si se enteran los del Rainbow Warrior, clausuran el local por saltarse cuantos tratados existan sobre la pesca de los grandes cetáceos. Y además merecidamente.

– “Pues en la cocina me dicen que no creen haberlos hecho en aceite de pescado.”

Me importa una mierda lo que crea el Capitán Pescanova. ¿Es que soy tonto o qué? Resulta evidente que nos la han querido meter doblada (y además con puntillas). Supongo que no tendrían más aceite que el que les ha sobrado de la cena, y se han pensado que no nos íbamos a dar cuenta. O las han mezclado sin importar el resultado. Si cuela, cuela, y si no se la pela.

Lo que más me fastidia es que nos tomen por idiotas. Y por ahí sí que no.

Joder, es que saltaba a la vista (y más a la napia) que eso apestaba a pescado. Manda cojones que te lo nieguen delante de ti. Hostia, que en esa freidora perfectamente podría hacer escala la Copa del América. Bueno, eso si se lo permite el Kraken que habita en las profundidades de su resistencia eléctrica.

Por supuesto nos fuimos en ayunas aunque sin pagarlos. Dicho todo esto, ¿recomendaría a alguien los churros del Calenda (y en general cualquier cosa de su carta)? Sí, pero siempre y cuando su intención sea la de regalar una caja de supositorios defectuosos a su peor enemigo.

El Calenda definitivamente no es lugar para #gente10.

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

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