Comiendo hamburguesas de ternera argentina

Que los extremos se tocan es algo conocido por todos. Un hecho incuestionable y de probada certeza. Y da igual si hablamos de política, religión, salto con pértiga, medicina forense o cualquier otra contingencia de la naturaleza humana. Es una ley universal; y para muestra un botón: pongamos por caso el de la comida. Un asunto de sobra conocido por todos. Pues bien, sólo así se explica la paradoja del empacho menguante (tal y como la describieron los más prestigiosos oftalmólogos del Imperio Antrohúngaro): sentirse harto saciado y seguir con hambre. Os suena, ¿verdad? A mí me pasa, y me consta que no soy el único. Por mi experiencia tengo claro que la glotonería siempre es un punto y seguido. Qué culpa tengo yo de padecer un estómago con la elasticidad de un zepelín y las hechuras de Saturno. Máxime cuando comparten la misma holgura de cinturón… Para bien o para muy bien, mi apetito se ha convertido en un territorio en permanente litigio entre el exceso y lo superlativo.

Su último capricho son las hamburguesas de vaca argentina que venden en la Carnicería Rossana. A mi entender, un pedacito de cielo hecho carne (de hecho no os extrañe encontraros algún resto del Hispasat). Bocatto di Cardinale no apto para boludos. Sospecho que una cosa tan buena, por narices, tiene que ser ilegal o pecado: sólo la excelencia se merece la clandestinidad de lo selecto. De momento sobreviven en el cuasidesconocimiento general.

La verdad es que fue una suerte dar con ellas porque, igual que los grandes descubrimientos, éste también fue casual. La penicilina, el Nuevo Mundo, los Rayos X, las perchas, el video Beta, el cardado de pelo ochentero y ahora esto. Todo encaja. Llamadme paranoico si queréis, pero a veces me siento un instrumento en manos de la providencia. Un ángel exterminador con modales en la mesa… sigo, que me pierdo.

Íbamos buscando carne de Kobe. Un antojo (el de preñado ya estaba superado…). Nos habían comentado que ahí vendían solomillo y estábamos de un morro fino esa mañana que no nos aguantábamos. Yo me emociono con facilidad ( de hecho se me saltan las lágrimas de clorhídrico en los jugos gástricos con una facilidad pasmosa), así que mientras nos acercábamos podía notar el estruendo de un millón de mariposas aleteando en mi estómago. ¿Amor? No lo creo, más bien el rugido de un Boeing 747 llamando a las puertas de mi gusa. Cuando me entra el hambre, mis decibelios no conocen límite.

Uffff, pero menudo chasco cuando nos enteramos que hasta navidades no iban a traer (estamos hablando de mediados de octubre); ¡y con qué resignación tuvimos que aceptar el premio de consolación (así cualquiera se hace plañidera)! El Santo Job se lo hubiese tomado con peor filosofía. Pero nosotros no. Se iba a quedar sin comer Rita. Menos da una piedra. El caso es que de un plumazo dimos con todas sus existencias: no estaban al corriente de que un solo stock nunca es suficiente para la #gente10. Desde entonces hemos repetido muy pocas veces en comparación con las que hubiésemos querido: algún múltiplo del 23.

Hablemos entonces de las hamburguesas en sí, ¿qué se puede decir de ellas? Pues mucho, y además muy bien. Para empezar que están tremendas. Así, tal cual. Para qué andarnos por las ramas. Carne como mandan los cánones: asíntotas de calorías apuntando directamente al infinito.

Al corte, su tono rojizo recuerda a los mejores guiones de Tarantino. También a una golosina en manos de Hannibal Lecter. También a un Viernes 13 sin fecha de caducidad. Gore deluxe para Gargantúas inconformistas.

Ingredientes todos de primera calidad, nada de medianías. La excelente relación entre tocino y magro ya la quisieran para sí las dos Coreas. Ni sobra ni falta: se complementan a la perfección en una explosión de sabores capaz de redimir al más díscolo de los TEDAX. Hecha a la brasa incita a pasarse por la piedra (y la hulla, el lignito y la antracita…) al sexto mandamiento, y al código penal si es necesario.

Es más, doy fe de que sus hamburguesas encienden la libido por encima del punto ebullición (220º si hablamos del horno). El calentamiento local hace extraños compañeros de cama: la Pampa argentina y Stephen Hawking. ¿Raro? Por supuesto, pero sólo ellos son capaces de entender el agujero negro que se esconde tras mi digestión. Y es que con una no vais a tener suficiente. Ni siquiera con tres. Entran solas: al primer bocado la faringe deviene en teflón y no hay quien las pare. Puede que sean livianas como el plomo, sí, pero sólo para la báscula: en la boca sólo vais a notar cómo bailan un frugal tango con vuestras papilas; empeñadas, claro está, en repetir cuantos bises os permita la lista de la compra. Más vale que tengáis entrenadas las mandíbulas para el maratón que os espera.

Mi recomendación es pasar de mejunjes luciferinos (llámese ketchup, mostaza, aceite de colza o mercurio) y disfrutarla a pelo y con pan. No matemos su sabor, por favor. Si acaso con media huerta por encima: tomate, lechuga y cebolla (caramelizada a poder ser). El queso puede valer siempre que no sea del todo a 100. Prêt-à-porter sibarita para las hijas de Hamburgo.

Bon appetit.

Conclusión: un lujo omnívoro al alcance de cualquier bolsillo. No os las perdáis. Definitivamente las hamburguesas de ternera argentina de Rossana sí son para la #gente10.

Firmado: El Subcomandante Farnsworth.

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Ir a Foster’s Hollywood… y salir con hambre

Esta es una vieja historia.

Hacía tiempo que un runrún había tomado la ciudad. Un rumor que se había hecho con las calles y no las soltaba. En el trabajo no paraban de repetirlo. Doblabas la esquina y los abuelos ya no querían saber de las obras (qué mal ha hecho la crisis del ladrillo). En la radio no hablaban de otra cosa. Encendías la tele… y ahí estaba la mierda de Sálvame. No hablaban de ello.

Pero yo lo soñaba: “… … … no te puedes comer dos hamburguesas del Foster’s”. “NO TE PUEDES COMER DOS DEL FOSTER’S”. Como un mantra una y otra vez en la cabeza: “(…) no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te puedes comer dos del Foster’s, no te pue…”.

Y yo, sinceramente, me reía. ¿Qué tienen de especial como para no podérmelas comer? Me reía… y mucho. Y claro, no te puedes ir riendo siempre. No hay mandíbula ni que decoro que lo aguante. Hay situaciones que, seriedad no sé si es lo que exigen, pero al menos sí que no te rías. Un entierro, una boda, una mamografía…
Cierto es que son dos hamburguesas bien grandes… pero lo buenas que están lo compensa todo. No hay miedo, HAY QUE HACERLO.

Comerse dos hamburguesas no es una cosa que se disfrute en soledad (Onán es más bien de digestiones pesadas) así que intenté convencer a un colega. Mis amigos se apuntan a bombardeo cuando se trata de comer; así que después de muchos amagos tras varias visitas al Foster’s Hollywood, por fin le convencí para hacerlo. Lo de las hamburguesas. Era el gran día… ¡nuestro Gran Día había llegado al fin! Tamaña hazaña necesita público, aplausos, emoción y un cierto grado de admiración. En definitiva: necesita de gente ante la que fardar un poquito y que extiendan la leyenda, que si no, no te creen. Fue anunciarlo y una marea de 4 personas se apuntó a acompañarnos. Pocos, sí, pero haciendo ruido ganan por goleada a cualquier tsunami conocido. Justo la clase de groupies que necesitábamos.

Nos sentamos y llega el momento de pedir.

– Que pidan ellos primero – digo, refiriéndome al resto.

Todos piden y el camarero se dirige a nosotros.

– A ver… hoy vamos a hacer algo un poco especial. Así que por eso pedimos los últimos para que no haya líos – digo yo.
– De acuerdo… Díganme.
– Bien… pide tú – le digo a mi colega.
– Quiero 2 Director’s Choice grandes, al punto con patatas fritas – dice
– OK – responde el camarero.
– ¿Verdad que no es tan raro que te pidan 2 por persona? La gente flipa por ahí con eso… – digo yo.
– No – contesta escuetamente.
– Ya lo decía yo… bueno, yo quiero también 2 Americanas grandes al punto con patatas fritas.
– OK – responde.
– Ha quedado claro entonces que él pide 2 y yo otras 2, ¿no? – digo yo
– Sí… ningún problema – finaliza el camarero.

Pues a esperar. Ese día tenía hambre. La gusa me recomía por dentro más que de costumbre. Me ardían las calorías. Así que “el reto” no peligraba.

Llegan las viandas… hamburguesas para todos. Y por supuesto llegan las 2 Director’s Choice. La carga es grande y la camarera no puede con todo.

– Ahora viene la tuya.

El plato impresiona, así que esperamos para hacer una buena foto de las 4 hamburguesas. Nosotros no lo hacemos todos los días. Parece que otros sí. 300 segundos más y no llega mi plato (en las Termópilas esperaron menos). Total, y como lo primero es lo primero (comer caliente, por supuesto) le digo a mi compañero que empiece, que ya vendrán las mías.

Y comienza, vaya si comienza… una cae bien rápido, antes de que llegue al estómago y empieza con la segunda. Yo ya estoy devorado por dentro y me empiezo a poner nervioso.

– Ahora viene lo tuyo – me asegura una camarera, aunque lo que yo quiero son mis platos.

La ingesta continúa… ahora ya parece que cuesta… que no entra tan bien. Sufre un poco con la segunda. A mí se me empieza a ir el hambre. Esto se está estropeando. Se me acerca una camarera y me pregunta:

– ¿Qué habías pedido tú?
– 2 Americanas grandes al punto con patatas fritas – ya me lo sabía de memoria.
– De acuerdo, voy a mirar.

Finalmente mi colega termina. Le ha costado. Un poco, tampoco os vayáis a pensar. Y yo sigo sin mi plato. Todos habían terminado ya. Y yo con mi mantelito huérfano de hamburguesas. Bueno… todavía podría comérmelas. Será por hueco.

– ¿Falta mucho? – le pregunto a una camarera que pasaba.
– ¿Qué has pedido? – me pregunta ella.
– 2 Americanas grandes al punto con patatas fritas – no se me había olvidado.
– Un momento, que lo miro – dice.

“Lo miro”… y nada. Porque pasan 10 minutos y nada. En ese momento la mala hostia ya me había llenado el estómago y la digestión no tenía pinta de ser ligera.

– Perdona, no me traigáis nada ya… no pienso cenar – le comento a una camarera que pasaba.
– ¿Qué has pedido? – de nuevo…
– 2 Americanas grandes al punto con patatas fritas, pero ya no las traigas.
– Un momento…

Un momento (largo)… y aparecen 2 hamburguesas. 2 que no había pedido. Yo creo que no eran grandes (el tamaño que yo había pedido) y encima llevaban queso. ¡QUESO! Cuándo es de sobra conocido la verdadera aversión que tengo yo por el queso.

– Toma – dice la camarera.
– No, no… llévatelas. Ya te he dicho que no iba a cenar ya. Y además no son las que he pedido… llevan queso.
– Un momento que te lo quito… – dice
– No, no – insisto.

Bueno, pues se lo lleva y vuelve.

– Toma.
– Que te he dicho que NO. Además yo no puedo tomar queso por mucho que se lo hayas quitado. Que no.

Y se las lleva. Ya está… zanjado… al menos no me voy a llevar un mal rato. Me han jodido con lo del reto del Foster’s.

Pero no… hay más. Aparece la encargada. Hemos ido muchas veces y nunca la habíamos visto. Pues existe.

– Hola señor. Siento mucho el error. Si lo puedo subsanar – comenta.
– Hola. No, la verdad… ya han terminado todos de cenar… y a mi ahora ya no me apetece – respondo; en realidad sí me apetece, qué coño, pero para cojones los míos: que no me toreen.
– Mira, es que tenemos un cocinero nuevo y se han hecho un lío con la comanda. Como aparecían más hamburguesas que personas, se ha hecho un lío.

¡UN MOMENTO! ¿Entonces es verdad que no es tan común lo de las 2 hamburguesas por estómago? ¡HOSTIAS! Pues al final sí que esto tiene valor. Y eso que el camarero decía que sí, que era normal… ¡HOSTIAS! A ver si el camarero NO SE HA ENTERADO DE ABSOLUTAMENTE NADA… ¡HOSTIAS! ¿De nuevo estrenando cocinero en otro sitio? Estrenamos más cocineros que pantanos el Régimen. No, si al final hasta me van a poner a dieta.

– Ya pero… – intento decir yo.
– Mira, hacemos una cosa… yo te traigo un costillar que no me cuesta nada y cenas – propone ella.

¡OJO! Es el plato más caro de la carta y además había ganas de probarlo desde hace tiempo… ¿qué hago?

– No, no, no…

¿HE DICHO NO? ¿¡¿¡¿Pero qué coño me pasa?!?!?

– … mira, hoy habíamos venido a hacer algo especial. Él se comía 2 grandes y yo otras 2 grandes. Y no ha podido ser. Teníamos mucha ilusión con esto, llevábamos mucho tiempo queriendo hacerlo, pero finalmente no hemos podido.

Parece menterio que haya sido tan lapidario… pero estaba bien jodido.

– Lo siento mucho, de verdad – dice ella con la cabeza baja y la vergüenza en las antípodas.
– Bueno, no pasa nada. Otra vez será – corrijo yo, con un tono mucho más amable.
– Si te puedo invitar a algo… – ofrece ella.
– Bueno, pues a lo que me estoy bebiendo ya que lo había pedido… – digo yo.
– De acuerdo y de nuevo, lo siento – termina la encargada.

Nos sacaron la cuenta, invitaron a unos cafés, pagamos y nos fuimos. Con un sabor agrio y algunos un poco empachados. Nos tomamos algo en un bar y terminé cenando en La Bocatería de Guille “un-salchicha-bacon”. Todo un clásico también de otras noches amargas de nocturnas salidas. Me costó, porque el bocadillo acabó nadando en frustración: a mis jugos gástricos a veces les da por la tragicomedia.

El reto hasta hoy está maldito. Tampoco tendría mucho sentido intentarlo. Ya estaba visto: se puede. Es como decirle a Sergei Bubka: “¡eh Sergei!, ¿a qué no saltas ese bordillo?” Absurdo.

Algo de razón tienen los sabios cuando dicen: “NO TE PUEDES COMER DOS DEL FOSTER’S”.

Advertencia: LAMENTABLEMENTE Foster’s Hollywood ha cerrado. Habíamos vuelto muchas veces más a Foster’s Hollywood. Era un sitio muy del gusto de la Gula insaciable y de las cosas bien hechas. Esto sólo fue un hecho aislado. Deseando una pronta reapertura en la cercanía geográfica guardaremos 2 horas de digestión por tan desafortunada pérdida.

Firmado: Lawrence Sarabia y El Subcomandante Farnsworth.

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